"Los cinco minutos de Maria"

"Los cinco minutos de Maria"
Textos tomados del Libro "Los cinco minutos de María" del Padre Alfonso Milagro.

sábado, 31 de enero de 2026


 ESPRESSO ESPIRITUAL 1 DE FEBRERO 

Que tu corazón se alegre por lo que Dios siente por ti.


Mira cómo te ve Dios: “Jerusalén gloriosa, el Señor ha puesto en ti su templo. Tú eres más querida para Dios que todos los santuarios de Israel.” Sal 86.


Así de amado eres para Él, ¿por qué tu no lo ves con el mismo Amor?


Dale la vuelta a tu vida y busca a Dios que te ama con ternura, que no te deja solo, que siempre te protege y te quiere ver feliz.


No importa las circunstancias de tu vida, Dios es el único que nos puede dar la felicidad. ¡CREE y CONFÍA!


Que Él sea tu fuente de Vida. 


Laus Deo

Alabado sea Dios


 ==UNA FIESTA MARIANA PARA CADA DIA DEL AÑO==

1 de Febrero.


♡La Purificación de nuestra Señora♡


La ley se expresaba así: “Habló Dios a Moisés y le dijo: Conságrame todo primogénito. Todos los primogénitos de entre los hijos de Israel, tanto de los hombres cono de los animales, míos son” (Ex. 13,1-2).


En los tiempos primeros estos primogénitos fueron destinados al culto de Dios. Pero cuando fue confiado este culto en exclusiva a la tribu de Leví, decidió la ley que esta exención fuera compensada mediante el pago de cinco siclos, que se destinaba a engrosar el tesoro del templo.


Hay que advertir que no era necesario llevar a Jerusalén al infante. Bastaba con que el padre pagase el impuesto al sacerdote de turno, no antes de los treinta y un días después del nacimiento, para cumplir religiosamente con lo estatuido en la ley, Según otras disposiciones legales (Lev. 12,1-8), cuarenta u ochenta días después del alumbramiento, según se tratase de un hijo o de una hija, las madres hebreas habían de presentarse en el templo para purificarse de la impureza legal que habían contraído.


También hay que hacer constar que no siempre la madre estaba obligada a presentarse en persona. Podía ser reemplazada por alguna otra persona que ofrecía el sacrificio en su nombre, si existía alguna causa que justificase su ausencia.


Huelga decir que ni Jesús ni María estaban obligados, a estos preceptos legales. Jesús estaba infinitamente por encima de toda la ley y la Virgen Santísima, al haber dado a luz virginalmente, al margen, por lo tanto, de las condiciones naturales previstas por el legislador, no tenía necesidad de purificarse de nada.


La humildad, la obediencia, el propio respeto más exquisito a las instituciones legales del pueblo de Dios y el cariño más fino a la vida ordinaria sin excepción y excepciones, hicieron posible que la Sagrada Familia se trasladara a Jerusalén para cumplir con estas prescripciones rituales.


En un mismo día se podía llegar a Jerusalén, asistir a las ceremonias legales y regresar por la tarde, con tiempo sobrado, a Belén.


Muy posiblemente que esto seria lo que hiciera la Sagrada Familia.


La purificación de las madres tenía lugar por la mañana.


Entraría María por el atrio llamado de las mujeres, se colocaría en la grada más alta y allí sería rociada con el agua lustral por el sacerdote de turno, que a la vez recitaría sobre ella unas preces.


Aunque la parte más importante del rito consistía en la oblación de dos sacrificios. Uno que se denominaba “sacrificio por el pecado”, cuya materia siempre era una tórtola o un pichón, y otro “sacrificio de holocausto”, cuya víctima exigida era, para los ricos, un cordero de un año, y para los pobres un pichón o una tórtola.


Lo dice San Lucas (2,24), y, además, históricamente nos lo imaginamos nosotros, que San José compraría un par de palomas o tórtolas al administrador del templo o a alguno de aquellos mercaderes aprovechados cuyas jaulas serían volteadas un día por Cristo.


Los pobres siempre están lo que se dice de enhorabuena en la vida de Cristo.


El sacerdote cortó el cuello del ave y sin separarlo del cuerpo derramó la sangre al pie del altar.


La paloma que sirvió para el holocausto fue quemada sobre las ascuas del altar de bronce.


Las ceremonias del rescate consistían tan sólo en el pago de los cinco siclos legales.


Y ahora comienza una misa. Es el ofertorio. Terminará esta misa en el monte Calvario, cuando pasen treinta y tres años.


El primer sacrificio digno de Dios se está ofreciendo en estos instantes en el templo sagrado de Jerusalén. El velo de muchas profecías se escinde en estos precisos momentos. El templo – aquel templo de entonces – aventaja en mucho a aquel templo primero que no pudo ser marco de la vida ritual del esperado Mesías.


Cristo se ofrece al Padre. Y se ofrece así: “Entonces yo dije: Heme aquí que vengo para hacer, oh Dios, tu voluntad. Los sacrificios, las ofrendas y los holocaustos por el pecado, no los quieres, no los aceptas…” (Heb. 1o,7s.).


María, en nombre de toda la humanidad, se ofrece también. Es éste uno de los momentos más solemnes de la vida de la Santísima Virgen.


Ella se ofrece y ofrece. Coofrece.


Es parte integrante en la misa. Lo confirma la espada. El mejor elogio que se pudo hacer de un hijo de Abraham, se lo hace San Lucas al anciano Simeón, que ahora aparece en escena: “Había en Jerusalén un hombre, llamado Simeón, justo y piadoso, que esperaba la consolación de Israel y el Espíritu Santo estaba en él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Cristo del Señor. Movido del Espíritu Santo vino al templo y, al entrar los padres con el Niño Jesús para cumplir lo que prescribe la ley sobre él, Simeón lo tomó en sus brazos y, bendiciendo a Dios, dijo: “Ahora, Señor, puedes ya dejar ir a tu siervo en paz, según tu palabra; porque han visto mis ojos tu salud, la que has preparado ante la faz de todos los pueblos, luz para iluminación de todas las gentes y gloria de tu pueblo, Israel”.


Su padre y su madre estaban maravillados de las cosas que se decían de Él. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: “Puesto está para caída y levantamiento de muchos en Israel y para blanco de contradicción y una espada atravesará tu alma para que se descubran los pensamientos de muchos corazones” (Lc. 2.25 ss.).


Simeón es todo un personaje colocado en la cumbre de la estructura mesiánica.


Un santo. Un iluminado. Un profeta.


Sabe acunar a Cristo en sus brazos añosos. Y llamarle “consolación de Israel”. Y supo dejarnos la joya lírica del Nunc dímirttis como un testamento precioso que suena a relevo de centinelas, a libertad de prisioneros, a feliz liberación de cautivos… y que tiene un colorido de perspectiva salvadora, de horizontes lejanos, universales, católicos…


Todo el misterio de Cristo pasa ante sus ojos venerablemente abiertos, a punto ya de cerrarse a la espera y a la carne.


¡Amigo, qué santo tan grande y tan bíblico es este viejo Simeón!


¡Y qué gran santa también aquella mujer llamada “Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, casada en los días de su adolescencia, que vivió siete años con su marido y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro, que no se apartó del templo sirviendo con ayunos y oraciones noche y día y que también alabó a Dios y hablaba de Él a cuantos esperaban la redención de Jerusalén”! (Lc. 2, 36 ss.).


Ya es tarde.


El ajetreo se pierde en los recintos del templo.


Son siete u ocho los kilómetros que les separan de Belén. La Sagrada Familia se pone en camino.


La Virgen medita y contempla. En lontananza se oyen ruidos de sables.


El Niño se ha quedado dormido, acurrucadito en el regazo de María y mecido por el balanceo suave del alegre paso del burro.


José, retrasándose un poco, contempla la escena.


Simeón puede ya morir en paz. Abre los ojos y siente la caricia cordial de los ojos infinitamente hondos del Niño.


Ana prolonga aquella noche su oración en el templo un poco más tiempo del acostumbrado, dando gracias a Dios porque la redención de Israel está ya tan cerca…


Litúrgicamente comenzó a celebrarse esta fiesta en Oriente, bien pronto.


La peregrina Eteria nos habla de ella resaltando la alegría semipascual que imprimía esta fiesta en la acaecida concurrencia de fieles cristianos que se reunían en Jerusalén para celebrarla.


Con el nombre de Hypapante (occursus Domini) se extendió por todo el Oriente y algún tiempo después, también Roma la acogió entre sus fiestas y la celebró muy solemnemente, teñida al principio de un color vigoroso de penitencia pública.


El Papa, el clero y el pueblo, con los pies descalzos, salmodiando y cantando antífonas y llevando en sus manos candelas encendidas, se dirigían desde la iglesia de San Adrián hasta la estacional de Santa María la Mayor, en donde se celebraba la misa solemne.


Unas iglesias le dieron a esta fiesta un marcado carácter cristológico y otras liturgias resaltaron más el carácter mariano.


Históricamente es dudosa la posible procedencia de anteriores fiestas paganas, llámense amburbalias o lupercaIes para explicar la procesión litúrgica de las candelas en esta celebración cristiana en la que el simbolismo de la luz, tiene una dimensión tan exacta.


De suyo, la Iglesia es la única institución que existe en el mundo capaz de procesionar adecuadamente la luz.


La luz fue siempre símbolo manifestativo del honor debido a una persona. Y símbolo de gozo y de alegría.


Estos son los primeros pasos de la luz en la simbología eclesiástica.


Pero el paso más litúrgico lo da la luz en su representación de la gloria celestial y en presentarse como reflejo del resplandor de Dios, que es todo luz. La Luz verdadera.


Jesucristo fue anunciado como luz. Él mismo se llamó “luz del mundo”. Las propiedades físicas de la luz anuncian la obra redentora de Cristo: permite ver las cosas en su verdadera forma: Cristo y los apóstoles – luz del mundo -, enseñaron la verdad. Y de la misma manera que la luz natural vivifica los organismos, se dice también de Cristo que “en Él estaba la vida y la vida era luz de los hombres” (lo. 1,4).


Simbólicamente, Cristo se hace presente en medio de nosotros vestido de luz. Cristo es luz. Es la Luz.


La entrada en el templo la hizo en los brazos de la Santísima Virgen. Una vela litúrgica encendida es un símbolo vivo de Cristo, Somos portadores de Cristo, con una vela en la mano.


Nosotros lo recibimos a Él, de manos de nuestra santa madre la Iglesia. Sólo la Iglesia tiene poder para darnos a Cristo. Como las de la Candelaria, las manos de la Iglesia son manos cariñosamente maternales.


Para recibir a Cristo necesitamos acudir a la Iglesia.


La fiesta de la Purificación tiene en la vida cristiana una realidad acuciantemente actual. “Antes erais tinieblas1 ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz” (Ephes. 5,8 s.).


Amigo lector, procura que nunca se apague en tus manos esa luz. Es la luz de tu santo bautismo.


El cristiano es un ser iluminado. Es una fuente de luz. Reflejo perfecto de la luz increada y vehículo fiel del resplandor de Dios para todos los hombres. Piensa si eres tú de verdad una fuente de luz: “luz para la iluminación de las gentes”.


Por definición, la luz ha de expandir sus fulgores. Por las venas del alma cristiana cabalgan mensajes de luz. Somos focos. El mundo precisa de nuestra luz. La frente pagana de tantos problemas humanos ha de ser iluminada con esos rayos de luz.


La verdad de nuestra vida cristiana es una candela encendida de luz. La mentira en la vida es un apagón de la luz. La verdad es un acto de culto a la luz. La mentira es una ceremonia del culto a Luzbel, el ángel apagado.


Que nos queme la luz en el pecho. Y que todas las luces del alma y del cuerpo que hayamos de tocar en la vida, hayan podido ser arrancadas de un pedernal litúrgico y transmitidas por un beso caliente de las candelas encendidas en la fiesta de la Purificación de la Virgen.


Es de desear que esas velas cobijen bajo su luz sagrada todos los problemas familiares de los hogares cristianos en la vida de todos los días. Que no falte entre los utensilios de las casas cristianas esa vela bendita, tratada y usada como un objeto sagrado, dispuesta a ser colocada en la mano del que muere, como un anticipo de su presentación gaudiosa ante el trono de Dios, como un recuerdo de la inmortalidad que Cristo nos ha merecido y como una señal inequívoca de la protección de la Virgen. “Tened en vuestras manos encendidas las antorchas y sed semejantes a los que aguardan a su señor” (Lc. 12,25).


Nuestra santa madre la Iglesia resume el sentido cristianamente luminoso de esta festividad en la oración de la bendición de las candelas, que es un manjar exquisito para el alma cristiana.


Léela y medítala lo más sabrosamente que puedas: “Oh Señor Jesucristo, luz verdadera que ilumina a todo hombres que viene a este mundo, ilustra nuestros corazones con tu invisible fuego, con el resplandor del Espíritu Santo y cura la ceguera de nuestros pecados; para que. purificada así la vista de nuestra alma, podamos conocer lo que a Ti te agrada y lo que es provechoso para nuestra: salvación y merezcamos alcanzar, tras los peligros y tinieblas de este mundo, la luz inextinguible. Por Ti mismo, Salvador y Redentor nuestro, que en Trinidad perfecta vivís y reináis, Dios, por todos los si9los de los siglos. Amén”.


Amigo. con esa luz revisa hoy tu vida. Contémplala con ojos iluminados por la presencia de Cristo. Pídele prestados los ojos al anciano Simeón y proyecta a Cristo, hecho luz. en tu vida.


Y, ya sabes, decídete a caminar ahora por el año litúrgico de cara a la luz, siguiendo las huellas luminosamente claras de Cristo, que pasó por tu vida en cl momento del santo bautismo transfigurándote en foco de luz.


El anciano Simeón tan solo deseé ver un instante la luz de Dios para cerrar después sus ojos con esa imagen tan bella enclaustrada en sus pupilas, momentos antes de abrirse a los resplandores eternos de la gloria del cielo.


En la nueva economía de la gracia, el cristiano puede estar constantemente viendo a Cristo y sintiendo su caricia de hermano que se nos ofrece acunado en los brazos de la Santísima Virgen.


Por favor, que no se te olvide: históricamente es cierto que la Santísima Virgen – su madre y tu madre -, tiene todavía maternalmente extendidos sus brazos dispuesta a acunarte sobre ellos y poder así ofrecerte al Padre en el templo santo del cielo.


Es éste su oficio.


De nuevo te lo voy a recordar y a la vez – para ti, para mi y’ para todos -, le vamos a pedir esta gracia a la Virgen con las mismas palabras de la sagrada liturgia de la fiesta de hoy:


“Omnipotente y sempiterno Dios: suplicamos humildes a vuestra Majestad, que así como vuestro unigénito Hijo fue presentado hoy en el templo con la sustancia de nuestra carne, así nos concedáis presentarnos a Vos con almas puras de todo pecado. Por el mismo Cristo Nuestro Señor. Amén.



 ==LOS CINCO MINUTOS DE MARÍA, 1 DE FEBRERO==

Dice el Evangelio que Cristo vino al mundo a traernos la Vida, la verdadera Vida de Dios en nosotros; Cristo es esa Vida y esa Vida ha venido a nosotros por María.


El que vive esa Vida divina es más hijo de Dios y es más hijo de María; nada hay más importante y decisivo para el cristianismo que vivir la vida de Dios, y desde ese "lugar", desde esa experiencia, contemplar y vivir todo lo demás.


Para vivir esa vida divina nos ayudará poderosamente la vigilancia y protección de la Santísima Virgen, tratando de imitar sus virtudes en todos nuestros actos, no olvidando recurrir a ella con frecuentes y fervientes plegarias.


==VEN ESPÍRITU SANTO, Y AYÚDANOS A CRECER EN EL SILENCIO Y LA CONTEMPLACIÓN COMO MARÍA, PARA QUE SEPAMOS CONSERVAR Y MEDITAR EN NUESTRO CORAZÓN LAS PALABRAS DE JESÚS==


Padre Nuestro. . .

Ave María. . .

Gloria. . .


(Padre Alfonso Milagro)



 ESPRESSO ESPIRITUAL 31 DE ENERO


Regocíjate en el Señor. No tienes por qué luchar solo ni por qué enfrentar tus problemas con tus fuerzas. Tú tienes un Dios poderoso que te puede ayudar a salir de cualquier situación difícil. Pon cada detalle de tu vida en sus manos, porque Él sabrá lo mejor para ti. Él dice en su Palabra que siempre quiere el bien para aquellos que lo aman y estoy seguro que tú amas al Señor con ternura. Entrega tus penas y angustias, tus alegrías y tristezas a tu Padre que está en el cielo y verás pronto su mano poderosa actuar en tu vida. Ten la certeza que la bendición que tanto esperas está por llegar. Solo debes confiar y creer en que con Él, todo es posible.


Laus Deo 

Alabado sea Dios.

viernes, 30 de enero de 2026


 ==UNA FIESTA MARIANA PARA CADA DIA DEL AÑO==

31 de Enero.


♡Apariciones de Nuestra Señora a la Beata Angela de Foligny (1285)♡


CIUDAD DEL VATICANO, octubre de 2010 Ofrecemos a continuación la catequesis que el Papa Benedicto XVI pronunció hoy durante la audiencia general, en la Plaza de San Pedro, ante miles de peregrinos procedentes de todo el mundo. .

🌺🌺🌺Queridos hermanos y hermanas:

hoy quisiera hablaros de la beata Angela de Foligno, una gran mística medieval que vivió en el siglo XIII. Normalmente, uno se fascina por los momentos álgidos de experiencia de unión con Dios que ella alcanzó, pero se tienen quizás demasiado poco en cuenta sus primeros pasos, su conversión, y el largo camino que la condujo desde el punto de partida, el “gran temor del infierno”, hasta su meta, la unión total con la Trinidad.


La primera parte de la vida de Angela no es ciertamente la de una ferviente discípula del Señor. Nacida hacia 1248 en una familia pudiente, quedó huérfana de padre y fue educada por su madre de forma más bien superficial. Fue introducida muy pronto en los ambientes mundanos de la ciudad de Foligno, donde conoció a un hombre, con el que se casó a los veinte años y del que tuvo hijos. Su vida era despreocupada, hasta el punto de que se permitía burlarse de los llamados “penitentes” – muy difundidos en aquella época – es decir, de aquellos que para seguir a Cristo vendían sus bienes y vivían en la oración, en el ayuno, en el servicio a la Iglesia y en la caridad. Algunos acontecimientos, como el violento terremoto de 1279, un huracán, la larga guerra contra Perusa y sus duras consecuencias incidieron en la vida de Angela, la cual progresivamente fue tomando conciencia de sus pecados, hasta un paso decisivo: invoca a san Francisco, que se le aparece en una visión, para pedirle consejo de cara a hacer una buena Confesión general: estamos en 1285, Angela se confiesa con un fraile en San Feliciano. Tres años después, el camino de la conversión conoce otro giro: la disolución de los vínculos afectivos, pues en pocos meses, a la muerte de su madre siguieron la de su marido y la de todos sus hijos. Entonces vendió sus bienes y en 1291 entró en la orden terciaria de san Francisco. Murió en Foligno el 4 de enero de 1309.


El Libro della beata Angela da Foligno, en el que está recogida la documentación sobre nuestra Beata, narra esta conversión; indica los medios que le fueron necesarios: la penitencia, la humildad y las tribulaciones; y narra sus pasos, la sucesión de las experiencias de Angela, comenzadas en 1285. Recordándolas, tras haberlas vivido, ella intentó contarlas a través de su fraile confesor, el cual las transcribió fielmente, intentando después organizarlas en etapas, que llamó “pasos o mutaciones”, pero sin conseguir ordenarlas plenamente (cfr Il Libro della beata Angela da Foligno, Cinisello Balsamo 1990, p. 51). Esto debido a que la experiencia de unión para la beata Angela supone una implicación total de los sentidos espirituales y corporales, y de lo que ella “comprende” durante sus éxtasis queda, por así decirlo, solo una “sombra” en su mente. “Escuché verdaderamente estas palabras – confiesa ella después de un rapto místico – pero lo que vi y comprendí, y que él [o sea, Dios] me mostró, de ninguna forma dé o puedo decirlo, aunque revelaría de buen grado lo que comprendí con las palabras que oí, pero hubo un abismo absolutamente inefable”.


Angela de Foligno presenta su "vivencia" mística, sin elaborarla con la mente, porque son iluminaciones divinas que se comunican a su alma de forma imprevista e inesperada. Al mismo fraile confesor le cuesta recoger estos eventos, “también a causa de su gran y admirable reserva respecto a sus dones divinos” (Ibid., p. 194). A la dificultad para expresar su experiencia mística se añade también la dificultad para sus oyentes de comprenderla. Una situación que indica con claridad cómo el único y verdadero Maestro, Jesús, vive en el corazón de todo creyente y desea tomar totalmente posesión de él. Así en Angela, que escribía a un hijo espiritual suyo: "Hijo mío, si vieras mi corazón, estarías absolutamente obligado a hacer todo lo que Dios quiere, porque mi corazón es el de Dios y el corazón de Dios es el mío”. Resuenan aquí las palabras de san Pablo: “Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo que vive en mi" (Gal 2,20).


Consideremos entonces sólo algún "paso" del rico camino espiritual de nuestra Beata. El primero, en realidad, es una premisa: "Fue el conocimiento del pecado, – como ella precisa – a continuación del cual el alma tuvo un gran temor de condenarse; en este pasaje lloró amargamente" (Il Libro della beata Angela da Foligno, p. 39). Este “temor” del infierno responde al tipo de fe que Angela tenía en el momento de su "conversión"; una fe aún pobre de caridad, es decir, del amor de Dios. Arrepentimiento, miedo del infierno y penitencia abren a Angela la perspectiva de la dolorosa "vía de la cruz" que, desde el octavo al decimoquinto paso, la llevará después a la “vía del amor”. Cuenta el fraile confesor: “La fiel entonces me dijo: He tenido esta revelación divina: 'Tras las cosas que habéis escrito, haz escribir que quien quiera conservar la gracia no debe quitar los ojos del alma de la Cruz, tanto en la alegría como en la tristeza que le concedo o permito'" (Ibid., p. 143). Pero en esta fase Angela aún "no siente amor"; ella afirma: "El alma siente vergüenza y amargura y no experimenta aún el amor, sino el dolor” (Ibid., p. 39), y está insatisfecha.


Angela siente el deber de tener que darle algo a Dios para reparar sus pecados, pero lentamente comprende que no tiene nada que darle, al contrario, de “ser nada” ante Él; comprende que no será su voluntad la que le de el amor de Dios, porque esta sólo puede darle su “nada”, el “no amor”. Como ella dirá: solo "el amor verdadero y puro, que viene de Dios, está en el alma y hace que ésta reconozca sus propios defectos y la bondad divina […] Este amor lleva el alma a Cristo y ella comprende con seguridad que no se puede verificar ni haber engaño alguno. Junto a este amos no se puede mezclar algo de lo del mundo" (Ibid., p. 124-125). Abrirse sola y totalmente al amor de Dios, que tiene la máxima expresión en Cristo: "Oh Dios mío – reza – hazme digna de conocer el altísimo misterio, que tu ardentísimo e inefable amor realizó, junto al amor de la Trinidad, es decir, el altísimo misterio de tu santísima encarnación por nosotros. […]. ¡Oh amor incomprensible! Más allá de este amor, que hizo que mi Dios se hiciese hombre para hacerme Dios, no hay amor más grande" (Ibid., p. 295). Con todo, el corazón de Angela lleva siempre las heridas del pecado; incluso después de una confesión bien hecha, ella se encontraba perdonada y aún con el corazón roto por el pecado, libre y condicionada por el pasado, absuelta pero necesitada de penitencia. Y también la acompaña el pensamiento del infierno, porque cuanto más progresa el alma en la vía de la perfección cristiana, tanto más se convencerá no sólo de ser “indigna”, sino de merecer el infierno.


Y he aquí que, en su camino místico, Angela comprende de modo profundo la realidad central: lo que la salvará de su “indignidad” y de “merecer el infierno” no será su “unión con Dios” y su poseer la “verdad”, sino Jesús crucificado, “su crucifixión por mí”, su amor. En el octavo paso, ella dice: "Sin embargo, aún no comprendía si era más grande mi liberación de los pecados y del infierno y la conversión y la penitencia, o más bien su crucifixión por mí" (Ibid., p. 41). Es el inestable equilibrio entre amor y dolor, advertido en todo su difícil camino hacia la perfección. Precisamente contempla con preferencia a Cristo crucificado, porque en esta visión ve realizado el equilibrio perfecto: en la cruz está el hombre-Dios, en un supremo acto de sufrimiento que es un acto supremo de amor. En la tercera Instrucción, la Beata insiste en esta contemplación y afirma: "Cuanto más perfecta y puramente vemos, tanto más perfecta y puramente amamos. […] Por ello, cuanto más vemos al Dios y hombre Jesucristo, tanto más somos transformados en él a través del amor. […] Lo que he dicho del amor […] lo digo también del dolor: el alma cuanto más contempla el inefable dolor del Dios y hombre Jesucristo, tanto más se duele y es transformada en dolor” (Ibid., p. 190-191). Ensimismarse, transformarse en el amor y en los sufrimientos del Cristo crucificado, identificarse con Él. La conversión de Angela, iniciada con esa confesión de 1285, llegará a la madurez sólo cuando el perdón de Dios aparezca a su alma como el don gratuito de amor del Padre, fuente de amor: "No hay nadie que puede dar excusas – afirma ella – porque cualquiera puede amar a Dios, y el no pide otra cosa al alma sino que le ame, porque él la ama y de su amor" (Ibid., p. 76).



 ==LOS CINCO MINUTOS DE MARÍA, 31 DE ENERO==

Si María Santísima es el modelo del cristiano, lo es de un modo muy señalado para la juventud; porque María siempre fue joven; muy joven cuando fue Madre de Dios, y siempre joven de espíritu, la fuente de su juventud está en la bondad de su corazón.


María tuvo siempre un ideal joven y por eso se ha convertido en el ideal de los jóvenes; ella fue siempre noble y digna, pura y limpia, inmaculada y santa, como debe ser todo ideal.


Si todo ideal es azul, como el color del cielo, la juventud toma el manto azul de la Inmaculada como el ideal de sus pensamientos y el imán que atrae sus afectos.


Aunque pasen los años por nosotros, no perdemos la juventud de nuestro espíritu, no perdamos la juventud de la Inmaculada.


==SEÑOR, AYÚDANOS A VIVIR COMO MARÍA, Y, ASÍ CRECER EN SEGURIDAD Y ALEGRÍA==


Padre Nuestro. . .

Ave María. . .

Gloria. . .


(Padre Alfonso Milagro)



 ESPRESSO ESPIRITUAL 30 DE ENERO

Tu corazón funciona mejor cuando sientes alegría y emociones bellas, cuando no siente iras ni amarguras, cuando renuncias a la tristeza. ¡Ánimo! para vivir mejor sólo tienes que amar, amar y amar. “Tristeza, enojo y melancolía, fuera de la casa mia”. Ama la vida. Llénate de optimismo, eleva a Dios tu oración y da gracias por lo bueno que estás por recibir.

¡Buenos días!

“Vengan a Mí, todos los que están cansados y cargados, y Yo los haré descansar”

Laus Deo

Alabado sea Dios.