"Los cinco minutos de Maria"

"Los cinco minutos de Maria"
Textos tomados del Libro "Los cinco minutos de María" del Padre Alfonso Milagro.
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miércoles, 8 de abril de 2020



==CON MARÍA...EL JUEVES SANTO==

“Hágase en mí lo que has dicho”
Lc 1,38
 
María en el momento de la Anunciación, después de manifestar su turbación: “no temas, María” (Lc 1,30), después de haber reflexionado: “estas palabras la impresionaron muchísimo y se preguntaba qué querría decir ese saludo” (Lc 1,29), y después de haber pedido explicaciones : “¿Cómo podré ser madre si no tengo relación con ningún hombre?” (Lc 1,34), hechos que revelan su deseo de discernir los caminos del Señor y de seguirlos, pronuncia su “sí” incondicional. Declarándose “servidora del Señor”, María expresa la comprensión del momento que vive y obedece a la voluntad que Dios ha establecido sobre ella. En ese momento consagra su vida, simbolizada en la entrega de su cuerpo - el mayor patrimonio del pobre - para que en él Dios realice su designio.

Jesús, en el momento del Getsemaní, después de manifestar su turbación: “comenzó a sentir temor y angustia” (Mc 14,33), después de haber reflexionado: “siento en mi alma una tristeza mortal” (Mc 14,34), y después de haber pedido explicaciones : “Abbá, o sea Padre: para ti todo es posible; aparta de mí esta copa” ( Mc 14,36), situaciones que revelan su deseo de discernir la voluntad del Padre y de cumplirla, pronuncia su “sí” incondicional: “Pero no: no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieras tú” (Mc 14,36). Jesús, como María, asumiendo el papel de siervo, expresa en su “sí” la comprensión del momento que vive y obedece la voluntad que Dios ha establecido sobre El. En ese momento entrega su vida, simbolizada en la entrega de su cuerpo – el mayor patrimonio del pobre – para que el Padre realice en él su designio.

En la Cena, cuya memoria y actualización celebramos hoy solemnemente, Jesús anticipa su muerte. Su cuerpo masacrado y su sangre derramada, nos los entrega hechos pan y vino. Lavando los pies a los discípulos y mandándoles a que ellos lo hagan mutuamente, nos invita al amor fraterno que se expresa en el servicio mutuo.

María parece estar ausente en este momento sublime de la entrega y de la promulgación del mandamiento del amor. Pero no: está hecha memoria y ejemplo para Jesús. Ella le enseñó el servicio humilde y la entrega, la donación total del propio cuerpo, de la vida, sin reserva y sin medida. Con el “sí” de María, anterior al “sí” de Jesús, el cuerpo que hoy se hace pan tuvo la posibilidad de ser cuerpo.

Que María nos ayude a comprender, a vivir y a saber actualizar en el amor y el servicio mutuo, este misterio de amor que es la entrega del cuerpo y de la sangre de Jesús, simbolizado en la Eucaristía, cuya memoria solemne celebramos hoy Jueves Santo.

 HORA SANTA

“María y la Ultima Cena”

 Introducción:
 En esta noche santa, noche de adoración silenciosa del misterio, queremos frente al Dios hecho Pan, orar una hora con María. Que ella, Madre de Dios y Madre nuestra, Madre del pueblo, guíe nuestra oración, disponga nuestro corazón y nos introduzca en la contemplación del amor eterno simbolizado en la entrega de Jesús.
 
I. “¿DÓNDE ESTABAS, MARÍA?”
¿Dónde estabas, María, aquella tarde,
cuando Jesús quería, con sus amigos,
por vez postrera , comer la Cena, Cena de Pascua?
Cierto es que estabas, romera y peregrina, cerca del Templo,
¿como buena judía?, ¿o como la madre buena, que intuyendo el peligro,
buscabas afanosa, como hacía muchos años, al pequeño perdido?
Dinos, María, ¿verdad que tú sabías que lo buscaban?
 ¿verdad que El no sabía que lo buscabas?
 ¿Quién te lo reveló?
 ¿Acaso un ángel?
 ¿Volvió el Angel Gabriel para decirte:
 “corre, María, que el Hijo está en peligro”?
 ¿o fue sólo tu intuición de madre?
Pero en Jerusalén andabas, ¿verdad, María?
Perdona, te pregunto: aquella tarde,
¿dónde estabas, María, aquella tarde?
Porque de algo, seguro, sí que estamos:

si El lo hubiera sabido, si lo hubieras hallado,

con El hubieras compartido la Cena,
o acaso, ¿te lo hubieras llevado?
¿Dónde estabas, María, aquella tarde?

Yo estaba, sí, y lo estaba buscando,
yo lo sabía, porque una espada,
comenzaba con fuerza a traspasarme el alma.
Yo lo sabía. Las madres no necesitan que les digan
si el alma del hijo está agitada,
o su vida en peligro.

Y sabía dónde estaba,
sabía dónde estaba, pero yo no quería
que ninguno me viera.
Bastante ya tenía mi Jesús con la pena
de estar con los amigos en la Ultima Cena,
bastante ya tenía con la traición de Judas;
yo le había dicho que dudara de ese hombre
que la última vez que pasó por mi casa
no me miró a los ojos, ni pronunció mi nombre.
Bastante ya tenía con la cruz que llegaba,
la cruz que había soñado de pequeño
y cuando la pensaba,
turbado buscaba refugio acá en mi seno.
Yo estaba, sí, pero sólo quería,
sin que me viera, sin pronunciar palabra,
estar junto a la cruz cuando la lanza le rompiera el costado
y a mí la espada entera me traspasara el alma.

II. “¿TÚ, QUÉ SABÍAS, MAESTRO?”
¿Tú, qué sabías, Maestro, aquella tarde?
¿sabías que María te buscaba?
¿sabías que tu madre se escondía,
para que no la vieras conmovida y llorosa,
pues sólo pretendía acompañarte,
de lejos y en silencio,
agravando su pena, sin aumentar la tuya?
Cuéntanos qué sabías:
¿sabías de su angustia,
o acaso la tuya era tan grande
que no te daba campo
para pensar en ella?
Si te hubiera encontrado, o si la hubieras visto,
¿qué sentimiento te habría sobrecogido?
¿el temor de que a ella también le hicieran algo?
¿aumentado tu miedo?
¿aliviada tu angustia?
¿vergüenza al sentirte descubierto,
por ella, tan decidida y fuerte como siempre,
y tú tan decidido pero también tan frágil?
Y una pregunta más:
Maestro, ¿la hubieras invitado?, ¿era cosa de hombres?
La que estuvo contigo en tantas Pascuas,
¿no podía acompañarte en la Ultima Cena?

Yo todo lo sabía... casi todo.
Que la terrible hora había llegado,
sabía de la traición,
el beso de Judas me quemaba,
por el Gólgota había paseado,
había contemplado el lugar del patíbulo,
y había repasado muchas veces
ese discurso largo para la despedida.
Y entre los tantos gestos para mostrarse humildes,
pensé en las ocasiones que mi madre
lavándome los pies me los besaba.
Sabía exactamente lo que es sentir el miedo
y el sentirse cansado.
Sabía que en unas horas todo habría terminado,
sabía que mi Padre no cambiaría el designio,
y estaba, sí, agitado y enormemente triste!

Yo todo lo sabía... casi todo.
Sabía de soledad, de desaliento,
y en la agonía de este último envión
me sostenía la confianza en mi Padre
y el recuerdo de mi madre María.
Que ella me pensaba, lo sabía!
Que me extrañaba , lo sabía!
Que me esperaba... ¿cuándo no me esperaba? lo sabía!
y si quieren saberlo, no la hubiera invitado,
¿quién invita a la muerte?
Pero que me buscaba entonces...no lo sabía!
Que no quería mostrarse...no lo sabía!
Que no quería que yo la viera...no lo sabía!
Pero por otra parte, yo la sentía conmigo,
la sentía presente, preparando la mesa y esperando
a que entregara el cuerpo como ella lo había hecho,
como me había enseñado,
cuando dijo que sí y fue toda de Dios y toda nuestra,
cuando me dio su cuerpo para que yo pudiera
ser el “Dios con nosotros”:
Mi madre sí que estaba en la Cena!

III. “Y USTEDES, DISCÍPULOS, ¿QUÉ HACÍAN?
Y ustedes, discípulos, qué hacían?
¿qué hacían aquella tarde?
¿Intuían, más allá de la fiesta, la tragedia cercana?
¿La cara del Maestro era la misma? ¿De veras la miraban?
Era la vez primera que celebraban juntos a la sombra del Templo,
en la Jerusalén de las promesas, la capital sagrada,
¿por sus mentes pasaba que esa Cena, era la Ultima Cena?
¿O era mejor libar y el no ser inculpados de traidores?
¿Verdad que no entendían las palabras ni el signo?
¿Verdad que nunca dieron importancia al discurso
de cruces y de muertes y de resurrecciones?
¿Verdad que en el camino de Jesús a la muerte,
ustedes discutían quién sería el primero?
¿Verdad que en esa Cena comieron y bebieron,
pero sin entender y embotados de vino,
en vez de orar con Jesús en la hora del huerto,
bien pronto se durmieron?
¿Verdad que se escondieron?
¿Verdad que las promesas de seguirlo,
fueron sólo palabras que las borró su miedo?
¿Pensaron en María?
Si la encontraron, ¿qué le dijeron?

Todo fue cierto, sí, y arrepentidos luego lloramos.
El discurso era duro, muchos se retiraban;
y nosotros, discípulos, teníamos miedo,
miedo de preguntar; sólo sabíamos que El era bueno,
y era tan bueno con el Maestro estar...
nos sentíamos grandes, con Él no éramos pobres,
muchos nos envidiaban
y a nosotros el sentirnos famosos nos gustaba.
Nunca entendimos claro lo del viaje a la muerte:
acostumbrados a sus historias y a sus parábolas,
pensamos ingenuamente que esas palabras
no eran más que otro ejemplo.
Pero el pan de esa Cena...y ese vino, quemaban.
Fuimos cobardes. Desde la multitud callábamos.
De todos sólo uno arriesgó con María.
La vimos desde lejos y corrimos en dirección contraria..
Se quedó sólo uno...
Huimos en la prueba. Avergonzados,
perdida la esperanza, nos sentimos perdidos.
Pero venció a la muerte y fueron las mujeres
las primeras que vieron el sepulcro vacío.
Allí estaría María.
Nosotros, poco a poco, nos fuimos transformando.
El no tuvo reproches.
Con ella, con María, recibimos la fuerza
de su Espíritu Santo y, convertidos,
nos hicimos testigos.
Esto es lo que hacemos y eso fue lo que hicimos.

IV. ¿Y DE NOSOTROS, QUÉ?
¿Y de nosotros, qué?
Ya sabemos la historia de la Ultima Cena:
dónde estaba María, lo que sabía el Maestro,
lo que hacían los discípulos.
¿Y de nosotros, qué?
Hoy también el Maestro está presente,
porque su sacrificio fue único y por siempre.
Hoy se ha actualizado ese momento
en nuestras coordenadas tan diversas,
en nuestra historia y en nuestro templo.
¿Sabemos lo que hacemos?
Si entendemos , como María “la ausente”,
la gravedad del momento,
presurosos, acabada la Cena,
¿vamos para Getsemaní y para el Calvario?
O terminada, ¿saldremos inconscientes
a dormir y a escondernos?

Se trata de arriesgar, porque el Maestro
agoniza en la cruz vilipendiado,
y la dignidad que le queda es la presencia
de su madre María, otras mujeres,
y del discípulo “al que más quería”.
Actualizar la Cena es compromiso
con los nuevos crucificados de la historia,
presencia firme ante las nuevas cruces,
con generosidad rayana en el martirio.
Actualizar la Cena es estar con María
en actitud valiente y silenciosa,
ante el dolor, misterio de pobreza,
fuente de salvación y nueva vida.

Allí estabas, María, no habría Cena sin ti, El te sentía.
Tu presencia, más real que la todos los discípulos,
fue la fuerza ejemplar que sostenía al próximo a morir.
Tu bebiste del cáliz, con El, gota por gota.
Tú que le diste cuerpo de tu vientre,
en tu regazo volviste a recibirlo,
hoy hecho muerte ...y tres días después, RESURRECCIONES!

(Dos o tres minutos de silencio con música clásica de fondo. Después, de
pie, se entona el Magnificat)

domingo, 1 de abril de 2018


==POR ALLÍ VIENE MARÍA==

Por allí viene Jesús,
por aquí viene María
háganles paso, Señores,
que se vea en este día.

Levanta tus ojos Madre
y mira con regocijo
que el que viene allí a lo lejos
es tu Santísimo hijo.

Se acabó tu soledad
ya tus lutos han cesado,
por que el hijo que perdiste
viene allí resucitado."

En este Domingo gritamos alegres:
¡Aleluya!

Dios abraza a la humanidad entera
desde la pasión inmensa que siente por nosotros.

¡El Señor ha Resucitado! ¡Aleluya!

Todas nuestras manos vacías,
todas nuestras manos sucias,
todas nuestras manos cansadas,
todas nuestras manos llenas de cosas,
todas nuestras manos amenazantes,
todas nuestras manos...
por la Resurrección del Señor
quedan liberadas
para abrazar con todas las fuerzas.

¡El Señor ha Resucitado! ¡Aleluya!

Hoy la Iglesia se engalana
con sus mejores ropajes,
inundada por tan inmensa Luz;
hoy los creyentes sentimos y celebramos
que la vida vence todas las sombras de muerte,
que la Resurrección es esperanza para todos.

¡El Señor ha Resucitado! ¡Aleluya!

Hoy con Jesús, el Cristo,
todos resucitamos,
todos renovamos nuestro compromiso
de apostar por la vida
y por el optimismo;
por los buenos proyectos
y por los más desfavorecidos;
por los más indiferentes
y por la paz sin condiciones;
por el bien común,
por la desapropiación que humaniza;
por la liberación de toda atadura
y por los hermanos antes,
que por nosotros mismos.

Gritemos con nuestra vida que
¡El Señor ha Resucitado! ¡Aleluya!

¡Feliz Pascua de Resurrección!

viernes, 30 de marzo de 2018


SABADO SANTO...CON MARÍA
María, madre de Jesús:
acabamos de acompañarte en el entierro de tu hijo; hemos contemplado tu dolor ante la pasión y la cruz; hemos imaginado el desgarro de la separación del hijo; vemos tu camino hacia la Cruz…

Ya sabemos que aquello terminó en alegría desbordante, y que tú participas ahora ya la vida resucitada.

Pero nosotros seguimos en la oscuridad:
nuestra fe es pobre; nuestros dolores siguen pertinaces; nuestros entierros, nuestras soledades… nos hieren lo más profundo.

¿Querrás tú, Señora nuestra de las Cruces, acompañarnos?
Necesitamos, Madre, tu fortaleza:
para cuidar a nuestros enfermos;
para querer y acompañar a los ancianos;
para dar aliento a los que luchan por un mundo mejor.
para acoger a los refugiados que huyen de sus países en guerra.
Tenemos muchas soledades, muchos silencios:
– mucho amor sin ser correspondido;
– muchos esfuerzos en el vacío;
– niños y niñas sin ser acompañados;
– padres que creen inútil el haber tenido hijos;
– educadores que sospechan estar perdiendo el tiempo;
– jóvenes que no pueden responder al impulso de la vida:
sin trabajo, sin horizonte cultural, enviciados sin salida…;
– sacerdotes en activo acompañados por la incomprensión: sin comunidad viva que comparta su tarea misionera;
– sacerdotes cansados esperando resucitar el ministerio, recibido del Espíritu, pero sepultado e impedido por la ley eclesiástica;
– enfermos sin esperanzas, sólo acompañados por el silencio del sinsentido;
– ancianos almacenados en asilos sin alma;
– comunidades cristianas sin pastor, sin eucaristía, sin vida…: no pueden decidir nada, ni organizar sus carismas, en silencio clerical…

Danos, Señora llena de luz esta noche,
tu presencia
tu consuelo,
tu amor reconfortante.
Que, al menos, no nos falte nunca tu esperanza: la secreta esperanza que aquella tarde de viernes santo ardía en tu corazón traspasado:
“la vida de mi hijo está en las manos de Dios, del Padre al que él tanto quería”;
esperanza en el Espíritu que tiene capacidad de resucitar a los muertos: de levantar el corazón adormecido por la rutina y el cansancio; de suscitar profetas en medio del desierto legal y opresivo; de abrir caminos cerrados por la tiranía y la sumisión…

Que esta esperanza, Señora de las Cruces, nos acompañe siempre, hasta el final de nuestra vida, cuando tú, Señora nuestra, cierres nuestros ojos para esta vida y los abras para la vida resucitada.
Así sea.

domingo, 16 de abril de 2017


==CON MARÍA. . . . . EL DOMINGO DE RESURRECCIÓN==

JESÚS RESUCITADO SE APARECE A SU MADRE

María ahora está postrada rostro en tierra. Parece un pobre ser abatido. Parece esa flor de que ha hablado, esa flor muerta a causa de la sed.

La ventana cerrada se abre con un impetuoso golpeo de las recias hojas, y, bajo el primer rayo del Sol, entra Jesús.

María, que se ha estremecido con el ruido y que alza la cabeza para ver qué ráfaga de viento ha abierto la ventana, ve a su radiante Hijo: hermoso, infinitamente más hermoso que cuando todavía no había padecido; sonriente, vivo, más luminoso que el Sol, vestido con un blanco que parece luz tejida. Y lo ve avanzar hacia Ella.

María se endereza sobre sus rodillas y, uniendo las manos sobre el pecho, dice con un sollozo que es risa y llanto: «Señor, mi Dios». Y se queda arrobada, contemplándolo con su rostro lavado todo en lágrimas, pero sereno ahora, sosegado por la sonrisa y el éxtasis.

Pero El no quiere ver a su Madre de rodillas como una sierva. Y la llama tendiéndole las Manos, cuyas heridas emanan rayos que hacen aún más luminosa su Carne gloriosa: « ¡Mamá!». Y no es esa palabra afligida de los coloquios y despedidas anteriores a la Pasión, ni el lamento desgarrado del encuentro en el Calvario y de la agonía. Es un grito de triunfo, de alegría, de liberación, de fiesta, de amor, de gratitud. Y se inclina hacia su Madre, que no osa tocarlo, y le pone sus Manos bajo los codos doblados, la pone en pie, la aprieta contra su Corazón y la besa.

¡Oh, entonces María comprende que no es una visión, sino que es su Hijo realmente resucitado; que es su Jesús, el Hijo que sigue amándola como Hijo! Y, con un grito, se le arroja al cuello y lo abraza y lo besa, riendo y llorando. Lo besa en la Frente, donde ya no hay heridas; en la Cabeza, que ya no está despeinada ni sangra; en los Ojos fúlgidos; en las Mejillas ahora sanas; en la Boca que ya no está hinchada. Y luego toma sus Manos y besa los dorsos y las palmas, en las radiosas heridas. Y, con un impulso repentino, se agacha a sus Pies, retira el vestido resplandeciente que los cubre, y los besa.

Luego se levanta, lo mira, no se atreve…

Pero Él comprende y sonríe. Retira levemente su vestido en la parte del pecho y dice:

-¿Y esta llaga, Mamá, no la besas; esta que tanto te ha hecho sufrir y que sólo tú eres digna de besar? Bésame en el Corazón, Mamá. Tu beso me borrará el último recuerdo de todo lo que significa dolor, y me dará ese gozo que todavía le falta a mi Gozo de Resucitado.

Y toma entre sus manos la cara de su Madre y apoya los labios de Ella en los labios de la herida del Costado, de donde manan chorros de luz vivísima. El rostro de María, sumergido en ese torrente de rayos, aparece aureolado por esa luz.

Ella besa, besa, mientras Jesús la acaricia. No se cansa de besar. Parece un sediento que ha pegado su boca a la fuente y de la fuente esté bebiendo esa vida que se le escapaba.

Ahora Jesús habla.

-Todo ha terminado, Mamá. Ya no tienes que llorar por tu Hijo. La prueba está consumada. La Redención se ha producido.

sábado, 15 de abril de 2017


==CON MARÍA .....EL SABADO SANTO==

María, Esperanza en la noche.

María, estás sola,
ya no tienes a Jesús. entras en la noche de la fe, pero en ella alimentas serenamente la esperanza...
"Stabat Mater"
Permaneces en pie, en tu alma reina la calma.
Nosotros venimos a tu lado para consolarte
y eres tú quien nos enseñas con tu serenidad y tu paz, con la fortaleza que irradia tu actitud.

Virgen María, tú nos muestras ya desde hoy el poder y la eficacia de la palabra sustancial que Jesús pronunció ayer desde la cruz:
"Ahí tienes a tu madre"
Realmente tú eres nuestra madre:
nosotros queremos consolarte, pero al verte no podemos ser y no queremos ser más que niños.

Virgen María, Madre nuestra del Sábado Santo, sabíamos que eras para nosotros una madre tierna y bondadosa, pero nunca te habíamos visto tan grande, tan digna, tan fuerte, y a la vez tan dolorosa..
¡Qué lección para nosotros!
Lección de esperanza y de confianza.

Tú nos enseñas cómo hay que llevar el peso del sufrimiento para que sea verdaderamente eficaz y fecundo...
con una esperanza siempre viva...
una esperanza cuyo único punto de apoyo sea la palabra de Dios, la palabra de Jesús
y que nos permitirá entrar en el misterio pascual de la Resurrección.

viernes, 14 de abril de 2017


==CON MARÍA........EL VIERNES SANTO==

"¿A dónde vas, hijo? ¿Por qué recorres tan rápidamente el camino de tu vida?
Nunca habría pensado, hijo mío, que te vería en este estado,
y nunca habría podido imaginar que llegarían a este grado de locura los impíos,
poniéndote las manos encima contra toda justicia".
¿Se celebran tal vez otras bodas en Caná, y ahora te apresuras, donde cambiaste el agua en vino? ¿Puedo acompañarte, Hijo? ¿O mejor, esperarte? Dime una palabra, Verbo, no pasar frente a mí en silencio, ¡tú que me has conservado pura, Hijo y Dios mío! Pensé que jamás te vería reducido en este estado, Hijo, ni jamás creería que los impíos se hubiesen dejado llevar con tanta ferocidad, que te habrían puesto las manos en ti injustamente.
En efecto, sus pequeños siguen gritando: ¡Hosanna al hijo de David! Bendito el que viene en el
nombre del Señor!, y el camino está todavía llena de palmas, atestiguan a todos las aclamaciones
que los impíos te dirigían entonces.
¿Y ahora, cual es motivo de tanto mal? Yo quiero saber porque mi luz se apaga, y ¡porque se clava
a una cruz el Hijo y Dios mío! Caminas, Hijo mío, hacia una injusta muerte, y nadie se duele
contigo. No te acompaña Pedro, que también te decía: Aunque tuviera que morir contigo, no te
negaría; te ha abandonado aquel Tomás, que exclamaba: ¡Vamos también nosotros a morir con él!,
y así los demás, familiares e hijos, destinados a juzgar las doce tribus de Israel. ¿Dónde están, en
esta hora? ¡De todos, nadie! Tu solamente mueres por todos, Hijo mío, tú solo. ¿Es ésta la merced
tuya por haber salvado a todos, por haber amado a todos, Hijo y Dios mío.

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"¿Por qué lloras, Madre mía? ¿Por qué te dejas llevar por tanta locura junto con las demás
mujeres? ¿Qué yo no pueda soportar el sufrimiento, que no pueda encontrar la muerte? (...). ¿No
debería padecer? ¿No debería morir?  Entonces, ¿cómo podría salvar a Adán?". ¿Qué yo no pueda
vivir en un sepulcro? ¿Pero ahora podré traer a la vida los que están en el Hades? Es verdad, tu lo
sabes también, he sido crucificado injustamente. Pero ¿por qué lloras, Madre? Grita más bien así:
«De su voluntad sufre el Hijo y Dios mío». "Depón, por tanto, Madre; depón tu dolor: no está bien
que gimas, pues fuiste llamada «llena de gracia». No abandonar un semejante título a los gemidos.
No te hagas semejante a las mujeres sin inteligencia, Virgen sapientísima.
Tú estás al centro de la sala de mis bodas, no asumir la actitud de quien se quedó afuera, el alma mustia. Llama aquellos que están en la sala: ellos son siervos tuyos. Llegará cada uno, temblando, y te escuchará, oh Santa, cuando dirás: «¿Dónde está el Hijo y Dios mío?». No hagas parecer amargo el día de la pasión, porque en ellos yo, el Suave, he bajado del cielo como el maná: no como una vez en el Monte Sinaí, sino en tu seno.
Dentro de ello he sido coagulado, como David profetizaba: el «monte coagulado», compréndelo, oh
Santa, soy yo, el Verbo que en ti se ha hecho carne. En esta carne yo sufro, en ella, también, yo
obro la salvación. No llores pues, Madre, grita más bien así: «De su voluntad soporta la pasión el
Hijo y Dios mío». (…) Todavía un poco de paciencia, Madre, y verás cómo me desnudaré, y como
un médico llegaré a donde ellos yacen e inspeccionaré sus heridas, cortando con la lanza las
tumefacciones y las durezas. Tomaré también el vinagre, y lo versaré en las llagas para cicatrizarlas;
y después de haber explorado el absceso haciendo sonda con los clavos, haré de mi túnica una
venda. De la Cruz haré la bolsa del médico, me serviré, Madre, para que tu puedas cantar,
convencida: «¡Con el sufrir, destruye el sufrir, el Hijo y Dios mío!»

jueves, 13 de abril de 2017


==CON MARÍA.......EL JUEVES SANTO==

“María y la Ultima Cena”

 En esta noche santa, noche de adoración silenciosa del misterio, queremos frente al Dios hecho Pan, orar una hora con María. Que ella, Madre de Dios y Madre nuestra, Madre del pueblo, guíe nuestra oración, disponga nuestro corazón y nos introduzca en la contemplación del amor eterno simbolizado en la entrega de Jesús.

“¿DÓNDE ESTABAS, MARÍA?”

¿Dónde estabas, María, aquella tarde,
cuando Jesús quería, con sus amigos,
por vez postrera , comer la Cena, Cena de Pascua?
Cierto es que estabas, romera y peregrina, cerca del Templo, ¿como buena judía?, ¿o como la madre buena, que intuyendo el peligro, buscabas afanosa, como hacía muchos años, al pequeño perdido?
Dinos, María,
¿verdad que tú sabías que lo buscaban?
¿verdad que El no sabía que lo buscabas?
¿Quién te lo reveló?
¿Acaso un ángel?
¿Volvió el Angel Gabriel para decirte:
 “corre, María, que el Hijo está en peligro”?
¿o fue sólo tu intuición de madre?
Pero en Jerusalén andabas,
¿verdad, María?
Perdona, te pregunto: aquella tarde,
¿dónde estabas, María, aquella tarde?
Porque de algo, seguro, sí que estamos:
si El lo hubiera sabido, si lo hubieras hallado, con El hubieras compartido la Cena, o acaso, ¿te lo hubieras llevado?
¿Dónde estabas, María, aquella tarde?

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Yo estaba, sí...
 y lo estaba buscando,
yo lo sabía, porque una espada,
comenzaba con fuerza a traspasarme el alma.
Yo lo sabía. Las madres no necesitan que les digan si el alma del hijo está agitada,
o su vida en peligro.

Y sabía dónde estaba...
sabía dónde estaba, pero yo no quería
que ninguno me viera.
Bastante ya tenía mi Jesús con la pena
de estar con los amigos en la Ultima Cena,
bastante ya tenía con la traición de Judas;
yo le había dicho que dudara de ese hombre que la última vez que pasó por mi casa no me miró a los ojos, ni pronunció mi nombre.
Bastante ya tenía con la cruz que llegaba,
la cruz que había soñado de pequeño
y cuando la pensaba, turbado buscaba refugio acá en mi seno.
Yo estaba, sí, pero sólo quería, sin que me viera, sin pronunciar palabra, estar junto a la cruz cuando la lanza le rompiera el costado y a mí la espada entera me traspasara el alma.